La médula espinal narra un equilibrio inexistente que hace unas cosquillas tan dulces declinadas en una abrupta pero melodiosa tos de animales inhóspitos y otros insólitos estropicios fantásticos.Es sin duda, la más cercana al suelo de estrellas, nubes y una luna inmensa que prescinde de ser vasalla del sol. Ágil y escurridiza clava sus uñas punzando los nervios que erizan sentimientos en forma de flores sobre la piel. La apófisis espinosa no la aleja del contacto directo con el mundo.El mundo vertebral se convierte en un piano corporal de acordes melodiosos y bien estructurados. Las vértebras cervicales claman a la imaginación objetiva de cambiar a golpe dactilar el mundo. Las torácicas se abandonan a la dulzura, a la paz, al pensamiento realista de aquello que vislumbran entre las sombras. Las lumbares son cautas, soportan el peso del cabello cuando es mecido por el aire con nombre, lo curioso es que el cabello ni las roza. Están siempre deseosas de escapar una noche y bañarse en el mar, de ser las irresponsables, quieren dejar de encajar.Pero en el fondo saben que ese es su lugar y aceptan sumisas con alma rebelde. Esperan los momentos de exponer su sentir. Las últimas son la parte animal de cualquier ser humano, viven en la total alienación, en letargo eterno por su mayor grado de naturaleza, por su invierno eterno ante su sensación de equivocación.
El frío agudiza el ingenio vertebral,mientras, el espacio intervertebral esconde secretos de los que se desprende despacio y como el tallo de una planta sin flor ,se entrevén pequeñas hojas dibujadas con el dedo índice.
Lo sé, debería contárselo al doctor, pero todavía soy algo cobarde.
El frío agudiza el ingenio vertebral,mientras, el espacio intervertebral esconde secretos de los que se desprende despacio y como el tallo de una planta sin flor ,se entrevén pequeñas hojas dibujadas con el dedo índice.
Lo sé, debería contárselo al doctor, pero todavía soy algo cobarde.


